Es un proyecto optimista que debe ser
extensible a todos, en tanto que se apoya en los valores de la racionalidad y
de la democracia, que eleva la condición humana. Si es un derecho universal, a
nadie se le puede negar.
La creencia en el principio de que todos son
educables en alguna medida.
La primera manifestación
del optimismo que se deriva de la idea de progreso se expresa en haber
convertido la educación obligatoria en un derecho de todos, lo cual implica el
supuesto de que todo ser humano puede mejorar, puede ser educado y, por tanto,
tiene que recibir educación.
El incremento del nivel
de escolarización de la población se relaciona con la mejora de otros
indicadores sobre el consumo de cultura y sobre la calidad de vida (BAUDELOT y
ESTABLET, 1990).
La ubicación del
individuo en la sociedad y en el mundo queda a merced de lo que él haga y
construya. La educación moderna lleva consigo la promesa de liberar al hombre de
las limitaciones de su origen, porque, desde esa mentalidad progresista, la
circunstancia de haber nacido en un contexto y en unas determinadas condiciones
es algo que se puede corregir, ya que el mundo que nos rodea ha sido construido y
no viene dado por ninguna fuerza inamovible, por el destino o por la fatalidad,
sino que es susceptible de ser vuelto a diseñar, como afirma HELLER. Individuo
y sociedad pueden ser de otra manera diferente a como son. Si no admitimos este
carácter contingente, mudable, de las condiciones en las que nacen y se
desarrollan los seres humanos, no hay lugar para el optimismo pedagógico. Este
optimismo es el que da fuerza a la idea de progreso social sin exclusiones,
si el mundo
puede mejorar, es porque también pueden hacerlo de algún modo los individuos.
El ser humano puede
mejorar, por tanto todos deben hacerlo en alguna medida y es preciso
facilitarlo.
Este optimismo
antropológico parte del hecho básico de la plasticidad humana que se evidencia
desde el nacimiento, la cual se convierte en una posibilidad asentada,
paradójicamente, en la insuficiencia del recién nacido. Plasticidad quiere
decir que el ser humano es moldeable en direcciones diversas en su desarrollo y
que, por tanto, puede ser guiado. Esto no significa sólo indeterminación en abstracto, sino posibilidades de
crecimiento en ciertas direcciones, y que ese desarrollo puede ser más o menos
rápido, que pueda llegar a cotas más altas o más bajas. Ésta es la nueva base
democrática de la educación obligatoria bajo el pensamiento moderno. Si no se
cree en que todos puedan “crecer”, en el sentido de acrecentar sus habilidades
y capacidades, la universalidad de la educación obligatoria pierde su
fundamento más digno.
La docencia no es un
trabajo cualquiera, pues se suma al proceso de humanización, a la realización
de una utopía que lleva a los sujetos y a la sociedad más allá de donde el profesor
se los encuentra. En la escuela obligatoria todos deben progresar, todos deben
“crecer”, sin exclusión alguna. Compartir esa idea es fundamental. De ahí la
especial formación que el profesor requiere, pero sobre todo, el claro
compromiso que debe tener con unos ideales, que, lamentablemente, pesan poco en
las prácticas de formación, selección y promoción del profesorado. Quedan como
compromiso ético exigible solamente ante una especie de súper-yo vigilante,
llamado ética profesional. La relación entre la posibilidad del progreso, en
general, y el “crecimiento” que en los individuos provoca la educación no
siempre es evidente para todos, en el sentido de que en la vida social y en el
medio escolar, no se acepta siempre que todos estén llamados a progresar ni,
desde luego, que todos pudieran llegar a ser iguales.
La historia de la progresiva
implantación de la educación obligatoria ha tenido que enfrentarse con
resistencias que creían poco en la universalidad de sus potenciales buenos
efectos. Esas resistencias han tenido su apoyo en concepciones discriminatorias
acerca de las posibilidades de algunos grupos humanos y en una visión
estratificada de la sociedad. Si la jerarquía realizada por la educación iba a
sustituir a la proveniente del origen familiar, es lógico que la resistencia a
dejar de tener privilegios se trasladara a la educación. Mujeres, niños de
clases populares, sujetos con dificultades, miembros de grupos raciales
dominados han sido y son discriminados en la educación. La educación —sostiene
el innatismo— ha de adaptarse a los límites de cada cual. Los argumentos en que
se apoyan estas creencias son muy resistentes porque sirven a intereses
anclados en actitudes profundas y en el empeño por mantener las desigualdades.
Son resistentes porque, por un lado, topan con la evidencia de que la
desigualdad de condiciones personales en el aprendizaje es un hecho que tiende
a atribuirse a la persona.
La craneometría
—especialidad médica y antropológica— estuvo empeñada durante el siglo XIX en
demostrar la relación entre el volumen del cerebro y las diferencias de
capacidad o de éxito que pueden alcanzar diferentes culturas, razas, los
varones respecto de la mujeres y los individuos pertenecientes a distintas
clases sociales. María MONTESSORI —reconocida reformadora de los métodos
educativos— apoyaba las tesis de su compatriota LOMBROSO, según el cual la
criminalidad era innata y estaba ligada a ciertos rasgos del rostro. De esa
forma los malvados eran reflejo de su propia constitución física y no del
ambiente. Psicólogos tan reputados como EYSENCK defendieron la inferioridad
intelectual de los negros. Afirma GOULD que la torpeza y los prejuicios de la
craneometría se retiraron desplazándose a los tests, pues con ellos también se
ha defendido el carácter innato de la inteligencia. Según el pionero de la
medición de las aptitudes humanas,
BINET), la escuela
moderna tenía que aprovechar las posibilidades de conocer y clasificar a los
estudiantes de acuerdo con la medición de sus capacidades.
Es el innatismo ligado a
intereses conservadores lo que explica el reverdecer actual de las tesis de la
superioridad de unos sobre otros (blancos, sobre negros, varones sobre mujeres,
ricos frente a humildes) apoyada en la pseudociencia de la medición objetiva,
tratada por HERRNSTEIN y MURRAY (1994), tan eficazmente combatidas por GOULD
(1997) y KINCHELOE (1996).
Toda práctica de examen,
psicológico o pedagógico, tenderá a ser utilizada como una mirada documentada
de carácter normalizador (FOUCAULT, 1978) que permite describir, calificar,
juzgar, clasificar, comparar y también castigar, en tanto hace visibles las
diferencias entre los sujetos y las objetiva a través del uso de lo que se consideran
procedimientos científicos. La orientación que el giro cognitivo de carácter
culturalista ha otorgado a la psicología ve la mente como algo que se
materializa y se constituye en la cultura humana, especialmente gracias al
lenguaje. El pensamiento abstracto no es otra cosa que lenguaje interiorizado.
Este supuesto progresista ha ido rompiendo prejuicios y asentándose
paulatinamente, lo que ha llevado a incorporar al colectivo de los considerados
como “educables” a las mujeres, que en el primer planteamiento moderno fueron
excluidas, por creerlas subdotadas y de un rango menor respecto del varón;
también a los hijos de las clases populares, a los que todavía se cree en
algunos sectores conservadores que están en desventaja social o que son pobres por
no ser su naturaleza educable; a minorías o mayorías raciales, consideradas
infradotadas respecto del hombre blanco; a los sujetos que muestran
deficiencias de diverso signo, que en un principio fueron vistos como frutos
del pecado o, simplemente, alguien que resultaba irrecuperable. La historia de
la exclusión está construida sobre la desigualdad de la propiedad de bienes
materiales, sobre los privilegios sociales y políticos de ciertas minorías, y
sobre las creencias acerca de la desigual posesión de capacidades innatas que
se consideran más propias de un tipo de seres humanos que de otros. La historia
del progreso inclusor está hecha de luchas sociales y políticas por desterrar
privilegios y por el reconocimiento de la igualdad como posibilidad y como realidad.
Para creerla posible y realizable han sido fundamentales los cambios en las
concepciones sobre la naturaleza humana.
Un camino para la igualdad y para la inclusión
social
La escolarización
obligatoria es sólo uno de los posibles medios para recorrer el camino hacia la
igualdad. Pero si cualquier individuo o grupo constituido por alguna condición
(género, clase social, etnia, modo de vida, etc.), recibe una educación
diferente en extensión y en calidad a la que disfrutan otros, o si no recibe ninguna,
entonces seguro que se acentúa la desigualdad entre unos y otros.
La escolarización es camino problemático para
la consecución de más igualdad, pero su inexistencia, sus deficiencias o las
diferencias en la cuantía de escolaridad recibida conducen, con seguridad, a
una mayor desigualdad. Recibir o no educación es condición para la
participación en la sociedad, desde el momento en que para desempeñar el
ejercicio de muchas actividades y puestos de trabajo se requiere una
preparación previa, así como herramientas y habilidades para adquirirla.
La educación
proporcionada por la escolarización obligatoria, igual para todos, constituye
un requisito que capacita para el ejercicio de la ciudadanía plena. El derecho
social a la cultura y a la educación tiene carácter fundamental, no sólo porque
de él depende la dignificación humana, al poder enriquecer las posibilidades de
su desarrollo, sino que lo es porque se entrelaza con otros derechos civiles,
políticos y económicos de las personas, capacitándolas para el ejercicio de los
mismos, posibilitándolos y potenciándolos (MARSHALL y BOTTOMORE, 1998).
Desde el concepto de
ciudadanía moderna, se trata de un derecho dirigido a facilitar la inclusión de
los individuos con todas las posibilidades para participar plenamente en la
sociedad. Es este derecho a la cultura y no el derecho de la cultura (COLOM,
1998) el que fundamenta, por otro lado, la reivindicación a ejercerlo respecto
de una determinada opción cultural, atendiendo a las diferencias en las que se
asienta la identidad personal.
La desigualdad implica
distancia entre unos y otros, la exclusión supone un alejamiento irrecuperable,
la degradación del excluido, que pasa a la categoría de negado. La capacidad de
inclusión tiene, en primer lugar, una proyección en la inserción en las
actividades productivas. En las sociedades globalizadas, esta capacidad de
inclusión significa lograrla para un contexto cada vez más amplio, en el que la fuerza de trabajo, como afirma
GIDDENS (1999), tendrá que ser o tener una orientación más cosmopolita,
nivelada por un cierto grado de educación. En segundo lugar, tiene una
dimensión intelectual, en tanto que capacitación para el entendimiento del
mundo. La complejidad de éste reclama la prolongación de la escolaridad
obligatoria más allá de la enseñanza primaria. En tercer lugar, la inclusión
tiene una vertiente emocional: la de poder sentirse como un actor social que
interviene en su medio, un sujeto creador, libre y autónomo. Estos tres
aspectos son esenciales para el equilibrio psicológico de las personas en
nuestro mundo.
¿Caduca la esperanza en el progreso apoyado en la
educación?
Es incuestionable que el
proceso educativo ganará con la desescolarización de la sociedad aún cuando
esta exigencia les suene a muchos escolares como una traición a la cultura.
Pero es la cultura misma la que está siendo apagada hoy en las escuelas.
(ILLICH, 197).
La fe y la esperanza en
la educación escolarizada también cuenta con su particular historia acerca de
la falsedad de sus promesas, su decadencia, su inutilidad y sus efectos
perniciosos. ¿Es nuestro mundo un mundo mejor? ¿Acaso no han tenido su origen
en el seno de sociedades más escolarizadas las dos grandes guerras mundiales,
el fascismo, el holocausto o el terror atómico?
¿Por qué —se pregunta
STEINER (1998)—. Si las sociedades más escolarizadas no son mejores ni en ellas
la felicidad es demasiado corriente, ¿qué papel ha cumplido o ha dejado de
cumplir la educación en el hecho de ver fracasadas las esperanzas de redención
puestas en ella?
El pesimismo en cuanto al
valor que se concede a la cultura, la falta de fe en que la ciencia y la
tecnología puedan incrementar la felicidad humana, la persistencia de fuertes
desigualdades en sociedades que creemos cultas, la pérdida de prestigio social
del hombre y de la mujer cultos, el rebrote del fascismo, la devaluación de la
democracia, la deshumanización de muchas de las prácticas educativas, la
persistencia del abandono escolar, las altas tasas de fracaso escolar, la
pérdida de presencia del Estado en la provisión de la educación, la
privatización de ésta… son razones, entre otras, que nos deben hacer pensar en
que el camino recorrido ha sido muy breve y que ha podido ser mal transitado.
La escuela no ha cumplido todo su programa y sus prácticas deben ser revisadas.
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